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6. El ferrocarril Transahariano

Poniendo vías en Bouârfa. Procedencia: Eliane Ortega.

Autora: Carmen Ródenas Calatayud.

(Cátedra ODS-Paz y Justicia)

Este texto es en su mayor parte extracto de Ródenas (2016).

El proyecto

El proyecto ferroviario francés pretendía comunicar el Mediterráneo con el río Níger, controlando así el comercio desde el Golfo de Guinea, con más de 3.000 km de raíles. Fue hacia 1881 cuando se aprobó la propuesta de Adolphe Duponchel, presidente de la Societé de Géographie del Languedoc, para la unión de los territorios franceses de África y la expansión colonial por medio del ferrocarril. Este colosal proyecto no podía calificarse como una “aventura” francesa, sino que formaba parte del ideario de la época: desarrollar grandes vías de comunicación y penetración colonial. Los británicos estudiaron largos tendidos como los de El Cairo-Ciudad del Cabo, los italianos se plantearon el de Trípoli-Camerún-Congo y los españoles un túnel que enlazaría Algeciras con Ceuta, completado con un recorrido ferroviario Ceuta-Dakar, para dar salida al comercio desde Europa hacia África y América del Sur (Morales, 1919).

El trazado definitivo del Transahariano se estableció en 1928. Primero, se atravesarían casi dos mil kilómetros a través del Sahara hasta Gao, en Mali. Desde allí iba a partir un segundo tramo a lo largo del Níger hasta a Bamako y, finalmente, a través de Senegal se llegaría hasta Dakar. De este modo, los puertos más importantes del imperio francés, Argel y Dakar, estarían conectados por 3.650 km de ferrocarril. Se calculaba construir una media de un kilómetro al día.

Aunque la recesión económica provocada por la Gran Depresión paraliza el proyecto, la entrada de Francia en la II Guerra Mundial refuerza la posición de quienes defienden la construcción de un tren que permita un traslado más rápido de las tropas coloniales al continente y que mejore el suministro de carbón a la metrópoli desde las minas de carbón argelinas en Kenadsa. Sin embargo, sólo será más tarde cuando, ya con el armisticio franco-alemán firmado, el Gobierno de Vichy proclame la importancia del faraónico proyecto y su decisión de llevarlo adelante; para lo que contó con el beneplácito del Tercer Reich. Aunque hay tareas de mantenimiento previas de las vías ya existentes, comienzan oficialmente los trabajos del corredor Mediterráneo-Níger en el tramo desde las minas de manganeso de Bouârfa en Marruecos a las minas argelinas de carbón de Kenadsa en marzo de 1941. Este tramo es continuación del trazado ferroviario ya existente desde Oujda, en el norte de Marruecos, que enlaza con Orán y Argel. Simultáneamente, desde Colom-Béchar (muy cerca de Kenadsa) hacia el Sur se inicia otro trecho. Es la ocasión de utilizar a los dos mil trabajadores españoles internos en los campos de extranjeros. Así, a la Compañía Méditerraneé-Niger (Mér-Niger) [1]   encargada del proyecto, se le facilita la mano de obra de los trabajadores de las Compagnies de Prèstataires Étrangers, que se complementa con algunos trabajadores extranjeros contratados por la empresa y, también, con la población nativa. Los trabajadores forzosos extranjeros cobran un salario simbólico, los magrebíes, doce francos diarios.

Unos meses más tarde, en julio de 1941, cuarenta kilómetros ya se encuentran colocados en Bouârfa, pero el trabajo en Colomb-Béchar va muy retrasado. En ambos tramos se han sufrido dificultades técnicas, frecuentes tormentas de arena, huelgas de los trabajadores y dificultades en los aprovisionamientos, debidas tanto a la propia guerra (como la falta de llegada de raíles, que se desmontaban de tendidos secundarios en la metrópoli) como a los desajustes en ritmo de trabajo en las canteras de piedra.

Finalmente, el único tramo completo del Transahariano fue el de Bouârfa a Kenadsa. Lo inaugurará Jean Berthelot, Ministro de Transportes y Comunicaciones de Vichy, el 8 de diciembre de 1941 [2]   con el paso de un tren a 100 km/h acompañado de una celebración con una fantasía árabe. El convoy pasa por las estaciones intermedias de Mengoub en Marruecos y, ya en Argelia, El Menabha.

A medida que avanzó la liberación del norte de África, iniciada en noviembre de 1942, el proyecto del Transahariano se extinguió en las arenas de Abadla, 70 km al sur de Colom-Béchar. Apeaderos fantasma, vías muertas, sin agua, sin pozos…

La vida cotidiana en los campos de trabajo del Transahariano

El recorrido por los campos a partir de los testimonios de los propios exiliados deja claro que los españoles eran un grupo muy cohesionado, a pesar de sus diferencias ideológicas. Las ocho compañías de trabajadores (o Grupos de Trabajadores Extranjeros, GTE) asignadas a las minas y al Transahariano, se distribuían a 15 o 20 kilómetros unas de otras siguiendo el trazado de las vías desde Bouârfa a Colomb-Béchar, hasta llegar a Kenadsa. Teóricamente, no había más comunicación entre ellas que la oficial, pero los conductores de los camiones de suministros, habitualmente españoles, muy pronto se arriesgaron haciendo de mensajeros de míseros (y solidarios) paquetes de comida o de pequeños lujos que los refugiados intercambiaban. Emociona el testimonio de Máximo Galán (recogido en Santiago, Lloris y Barrera (1981): p. 60 ) en el que relata cómo los trabajadores forzados de su GTE en Colomb-Béchar hacían llegar una parte de la alimentación que se les daba –en concreto, el desayuno- a los compañeros del campo disciplinario de Méridja, primero, y, luego, al de Aïn el Ourak; y muestra la cordialidad imperante el hecho de que entre los campos circulara -gracias a estos conductores- el diario deportivo Marca y la revista de aviación Adler [3] , como cuenta el piloto republicano Antonio Gassó, Gaskin, en su diario.


Es verano, quizá un día de fiesta. Detrás de ellos el marabout, la tienda de campaña de la primera Guerra Mundial que les servía de albergue. Procedencia: Quindrop Producciones Audiovisuales.

Estos mismos conductores otras veces hacían de transmisores de las decisiones que los líderes de algunas compañías tomaban en plena noche, escapando para reunirse en pequeños oasis a mitad de distancia de los asentamientos de los GTE. Y otras tantas aseguraban enlaces permanentes entre los campos y el “exterior”, o efectuaban los primeros trayectos con los evadidos que iban a reforzar la Resistencia en Argel, Orán o Casablanca.

El mal trato dado por los franceses hizo que el descontento, el espíritu de resistencia y de lucha se desarrollaran muy deprisa en los campos. Más de una vez los responsables se encontraron con que los trabajadores de una compañía avanzaban amenazadoramente para defender a uno de sus hombres. Las huelgas de brazos caídos reivindicando mejor alimentación y cuidados médicos estaban a la orden del día; o ante las injusticias, como relata Gaskin el 25 de junio de 1941, día en el que pudo dedicar un poco más de tiempo a escribir en su diario pues los españoles habían promovido un paro como protesta ante los incidentes acontecidos en la Sección de represión de Méridja [4] .

 

Con calor o con frio, el terraplén donde descansarán las vías del tren no espera.

Lo cierto es que los episodios solidarios no eran, ni mucho menos, poco frecuentes. Las memorias de Victoriano Barroso [3] dan cuenta de muchos más ejemplos. Este oficial de la Marina de Guerra republicana relata los malabares (sic) que, como vigilante obligado del rendimiento de sus hombres, tenía que hacer para cubrir a los más débiles. Si la “faena” de extraer 1m 3 de tierra al día en medio de temperaturas de más de 50 o en los tajos de ferrocarril ya era penosa para los hombres acostumbrados al trabajo duro, no era nada fácil para aquellos dedicados a profesiones liberales o intelectuales… Con esa misma solidaridad va a contar Barroso algo más tarde, cuando emprende su cinematográfica fuga. Y es que tras evadirse el 24 de julio de 1941 desde algún punto del Transahariano entre Colomb-Béchar y Bouârfa (con enfrentamiento con los oficiales franceses, saltó a través de una ventana, persecución y disparos, ocurrentes engaños y despiste del enemigo) y vagar durante tres días herido, más muerto que vivo, por el desierto, encuentra a dos de sus camaradas que todas y cada una de las noches desde su fuga han salido a recorrer la pista con agua y víveres para socorrerle.

Tampoco será ajeno al espíritu de resistencia entre los republicanos compartir los pequeños márgenes de libertad que tenían en los campos de trabajo. Cuando el siroco hacía acto de presencia -a veces por días enteros- los hombres del Transahariano no podían trabajar. Tenían que quedarse en sus marabouts  o en sus “barracas”. Se imponía la reflexión: problemas comunes, situación de la guerra, lecturas o, incluso, clases de inglés, francés o de esperanto.

Y los domingos. Por lo general el día libre. Colada y aseo. También, visita (siempre sujeta a autorización) al pueblo más cercano donde podían comprar algunos alimentos y bebidas para un ocasional banquete dominical. Por la tarde, partido de fútbol ¡cómo no! o, a veces, a ensayar espectáculos producidos por los propios trabajadores. Cuenta Deseado Mercadal, interno en Kenadsa, su suerte por ser músico, ya que la administración de las minas le encargó organizar una pequeña orquesta para hacer veladas musicales sabatinas. Así, con un pianista alemán, un clarinetista polaco -un poco borrachín-, un trompetista y un batería, ambos franceses, y el concurso del alto y fornido tenor valenciano Sempere [5] , los valses de Strauss y las zarzuelas del Maestro Serrano camparon a sus anchas en pleno desierto.

Y el sexo. Los días festivos, o los de paga. Tres francos costaba un trocito de cielo, el olvido momentáneo en los cuerpos de jovencitas bereberes. Con amargura (y comprensión) recuerda Ricardo Baldó en sus memorias cómo, en el campo de Bouârfa, el tendero M. Combe había montado un marabout junto al barracón de su cantina en el que había instalado el burdel. Tres moritas  esperaban dentro, entre bastos cortinajes y esteras de fibra de vivos colores, desnudas bajo una sábana  [6]  .

Daniel Gregori envía desde Colomb-Béchar en mayo de 1940 esta foto a su novia.  La Cruz Roja Internacional gestionaba la correspondencia de los internos. Procedencia: Dominique Gregori

La lenta liberación

Desde luego, para los ingleses y los americanos encontrar campos de internamiento en África del Norte no fue ninguna sorpresa. Antes del desembarco, en los EEUU ya se tiene noticia sobrada de su existencia, y alguna de su dimensión. Por ejemplo, en octubre de 1941 el diario The Milwaukee Journal del estado de Wisconsin recoge la historia de Peter Michel quien, un mes antes, había escapado de los batallones de trabajo de Vichy en África del Norte. Según su información, cuando logró salir de los campos ya estarían trabajando en el chemin de fer 6.500 extranjeros, de los que unos 4.000 serían republicanos españoles. Un año más tarde, a mediados de septiembre 1942, los informes de la inteligencia militar de los EEUU cifraban en unos 2.100 los internos en prisiones y campos de internamiento (disciplinarios), número aparte del contingente de trabajadores -españoles en su mayoría- de la Mér-Niger, la compañía que ejecutaba el ferrocarril Transahariano.


19 de octubre de 1941, una de las tres páginas que el diario The Milwauke Journal dedica a la historia de Peter Michel recién evadido de los campos de trabajo de la Francia de Vichy en el norte de África.

También los aliados tenían que conocer las cifras recogidas en los informes de evaluación de los campos que realizó el delegado en Argelia del Comité Internacional de la Cruz Roja, el doctor Edouard Wyss-Dunant a lo largo del verano de 1942. Entre el 16 de julio y el 17 de agosto este médico suizo [7] inspecciona, al menos, 17 campos tanto de trabajo y como disciplinarios que, en conjunto, suman 5.391 internos de los que más de la mitad –el 53%- son españoles. En sus informes, el Dr.Wyss-Dunant detalla las condiciones de vida (infraestructuras básicas, comida e higiene, entretenimiento, enfermería…) de los campos y resume las quejas que le transmiten los internos, a los que entrevista "sin testigos" (Fuente: The Documentation Center of North American Jews during World War II ).

Sin embargo, no es hasta enero de 1943 cuando los aliados ponen en marcha la Joint Commission for Political Prisioners and Refugees. La comisión oficial en la que va a descansar todo el proceso de desmantelamiento de los campos. La Joint Commission dará a elegir, a los que no pueden acogerse al paraguas diplomático de su país, entre enrolarse en los British Pioneeer Battalions (cuerpo del ejército británico de zapadores para preparar caminos o terreno para el resto de tropas); firmar contratos con las fuerzas armadas norteamericanas como empleados civiles (para trabajar construyendo pistas de aterrizaje, puentes y otras infraestructuras, así como de camareros y similares); emplearse en la industria local del norte de África (incluyendo la recontratación en la Mér-Niger y en la Houllière  de Kenadsa); o, finalmente, alistarse en alguno de los dos cuerpos armados franceses (inicialmente, solo en la Legión Extranjera -cuya desmovilización con el armisticio de Vichy les condujo, precisamente, a los campos de trabajo- y, después, en el recién creado  Corps Franc D'Afrique de la Francia Libre). A los españoles, además, se les ofrece la posibilidad de exiliarse a ultramar acogidos por México.

La Joint Commission debe poner en marcha la liberación, pero deberá hacerlo con garantías: se intentará proporcionar a los internos una forma de subsistencia posterior y, desde luego, se asegurará de que no será liberado ningún simpatizante del Eje. Claro que esto exigía, prácticamente, entrevistar a todos y cada uno de los hombres internados en un contexto bastante complicado. En primer lugar, porque cuando en los campos se conoce la noticia del desembarco aliado muchos trabajadores intentan, lógicamente, escapar. El problema de los evadidos es que no tienen la documentación en regla y que si son descubiertos por las autoridades francesas son castigados en los disciplinarios o en las prisiones y, luego, reincorporados a los campos de trabajo. Con ello, claro está, continuamente se desajustaban las cifras de internos y de encuestados facilitadas por la Joint Commission; cifras que, por otro lado, ya se estaban viendo alteradas por el número creciente de prisioneros de guerra que los aliados iban enviando a los campos, dándose la durísima circunstancia de llegar a convivir en los mismos espacios refugiados y prisioneros del Eje  [8] . Se trata, pues, de un factor añadido al lento proceso de las liberaciones y que tiene a los campos en situación casi incendiaria.


Informe del campo de Colom-Béchar redactado en agosto de 1942  p or el Dr.Wyss-Dunant para la Cruz Roja Internacional, en el que se describen las condiciones de vida de los internos.

Y, en segundo lugar, porque las alternativas de la Joint Commission no se difunden debidamente en los campos, porque no interesa a los franceses y, además, porque los americanos consideran que los campos y su desmantelamiento eran una cuestión puramente francesa. Por eso, son bastantes las ocasiones en las que los responsables de los campos empujan a los trabajadores a alistarse en la Legión Extranjera francesa, bajo la amenaza de que aquellos que no se enrolen “voluntariamente” serán acusados de fascistas ante los americanos.

Por otro lado, los gestores de las empresas estatales francesas, la Mér-Niger del ferrocarril y la de las minas de Kenadsa, saben que estas son prácticamente inviables a los salarios normales [9] , amén de que no se iba a poder sustituir con facilidad el contingente de mano de obra liberada. Por lo tanto, tampoco les interesa, a pesar de los deseos de los aliados, que la liberación se acelere y su estrategia es, como hace la Mér-Niger, escamotear contingentes de trabajadores forzosos desplazándoles a destinos lejanos y aislados.

Después de la liberación

Más de seis meses después del desembarco aliado en el norte de África quedaron liberados casi todos republicanos españoles. La mayoría continuó residiendo por un tiempo en ese continente. Sin embargo, algunos se implicaron activamente en la Segunda Guerra Mundial y lo hicieron de muy diferentes modos.

Los recién creados servicios de inteligencia americanos reclutaron en torno a medio centenar de refugiados españoles como agentes “irregulares” a utilizar en una hipotética invasión aliada del Marruecos Español y de la Península, si España se alineaba con Alemania y entraba en la guerra. Donald Downes, el responsable de las operaciones de la Office of Strategic Services (OSS) –predecesora de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) norteamericana-, había visitado los campos comenzado el año 1943 y sabía que los españoles eran valiosos, militares con experiencia, disciplina y, además, esperanzas. Con el conocimiento de la V Armada estadounidense y del Alto Mando Británico, y en estrecho contacto con los líderes comunistas del momento, entrenará a estos hombres en técnicas de sabotaje y de comunicación con el fin de introducirles en territorio español y formar una red de resistentes que se activaría en caso necesario.

Manuel Lozar Feliz, radiotelegrafista de la Marina de Guerra Republicana, fue reclutado por la OSS y acabó fusilado en Alcalá de Henares cuando los servicios secretos franquistas descubrieron la operación de espionaje. Su historia ha sido rescatada en el documental Espías en la arena .

 

Miembros de la Compañía española de los Pioneer Battalions ingleses. Fuente: http://balagan.info/no-1-spanish-company-of-the-pioneer-corps-in-ww2

Otros republicanos deciden formar parte de las fuerzas aliadas. En torno a 250 de ellos se alistaron en los Pioneer Battalions ingleses y, otros tantos, en la 2ª División Blindada del Corps Franc . Esta última se había organizado en mayo de 1943 en el Chad centroafricano en apoyo a la Francia Libre y a su mando se encontraba el general Philippe Leclerc de Hauteclocque. En la 9ª Compañía de la División Leclerc van a ser agrupados unos 150 españoles, bajo la dirección del capitán francés Raymond Dronne. Se les conocerá como La Nueve. Ya desde el territorio británico, La Nueve asiste a la preparación del desembarco de Normandía, pero ha de esperar hasta julio para pisar la playa de Utah y comenzar su avance hacia París. El 24 de agosto de 1944 La Nueve recibe la orden de Leclerc de entrar en París. Ese día, al atardecer, una avanzadilla de blindados con nombres de las batallas de la Guerra Civil española como Guadalajara , Guernica o Teruel entraba en la ciudad por la Puerta de Italia, siguiendo el bulevar del Hospital, atravesando el puente de Austerlitz y el muelle Henri IV, hasta llegar a la alcaldía de la ciudad. En sus vehículos la bandera republicana ondeaba de nuevo.

Años más tarde, una extraña pirueta histórica cierra el círculo del Transahariano: en noviembre de 1947 el general Leclerc muere en un accidente cuando el avión en el que viajaba se estrelló cerca de Colomb-Béchar, en concreto, junto al tendido del solitario apeadero del Transahariano de El Menabha en tierras de Argelia.

Hoy, lo que queda del tendido transahariano de la Mér-Niger es testigo mudo de aquellos tiempos. Ese fantasmagórico chemin de fer es todavía capaz de evocar las esperanzas, el sudor, las bromas, las enfermedades y los sufrimientos que vivieron los republicanos españoles allí exiliados.

  Fotografías de Carmen Ródenas "Chemins de fer, chemins de sable: los españoles del Transahariano"



[1]  Mér-Niger o Merniger es la abreviación usual de la empresa ferroviaria francesa Méditerraneé-Niger que dirigía las obras del Transahariano. Se trataba de una compañía pública creada para eso expresamente y que se encontraba bajo la autoridad del Ministerio de Comunicaciones francés.

[2] Ver Wikipedia (on-line) y el documental Le Transsaharien: inauguration du premier tronçon Méditerranée – Niger (on-line: http://www.medmem.eu/fr/notice/INA00116 ).

[3] Se refiere a la revista ilustrada Der Adler (El Águila) publicada quincenalmente por el ministerio del aire alemán en ediciones internacionales, incluida una española. Ver en Gassó (2013).

[4] También se relata este episodio en Santiago, Lloris y Barrera (1981:89-90). Tras la fuga de seis internos, el comandante del campo, Favre, decidió un castigo colectivo de 24 horas sin agua para todos los hombres. Finalizado el plazo y pasadas dos horas más sin que se les hubiera proporcionado el líquido elemento, los internos decidieron ir ellos mismos, en fila, ordenadamente a por el agua. El comandante ordenó abrir fuego y dos de los hombres fueron heridos. Al poco, llegaron refuerzos de Colomb-Béchar que impusieron más violencia y represión. Dos días después, se evadió del campo el oficial republicano Santiago García, quien consiguió llegar a Colomb-Béchar e informar a los GTE de lo sucedido. La reacción fue rápida: huelga. Y ésta no iba a finalizar hasta que obtuvieron del mando militar la promesa de eliminar el campo de Méridja en menos de una semana.

[5] Vicente Sempere Bernabéu fue un tenor de gran prestigio en los años veinte y treinta. Su figura aparece también en el relato testimonial de Santiago, Lloris y Barrera (1981: 30), donde se añade que Vicente había actuado en la Scala de Milán, en Roma y en Nueva York.

[6] Ver Baldó (1977). Aunque, parece ser que a veces la actividad se planificaba en turnos cuarteleros. En el recuerdo de Pedro Fernández -testimonio recogido en Santiago, Lloris y Barrera (1981: 43-44)- el comandante de Bouârfa, en mangas de camisa y con los tirantes caídos, se paseaba por la plaza preparando con el “celestino” el calendario del burdel: el lunes, los tiradores marroquíes; el martes, los legionarios; el miércoles, los refugiados…

[7] Quién, curiosamente, además de ser un gran alpinista, era sobrino-nieto de Henri Dunant, primer Premio Nobel de la Paz y fundador del cuerpo de voluntarios de la Cruz Roja Internacional.

[8] Testigo directo de esta mélange , el aviador Gaskin , escribe en su diario que ya el 6 de febrero de 1943 en el campo de Béchar “…existen 300 prisioneros de guerra italianos…”.

[9] Ricardo Baldó cuenta en sus memorias que en Bouârfa se pagaba 16 F por un mes de trabajo. Es casi lo mismo que declara Gaskin por una quincena marzo de 1941 en Colomb-Béchar, 9,30 F. Para hacernos una idea de la capacidad adquisitiva que esto representaba, el medio litro de vino peleón al que diariamente tenían derecho los internos en algunos campos, se revendía a 1 F, cuenta Gaskin . También Gaskin nos da el precio de un pantalón que compra a un compañero, 27 F, y de una camisa que él vende, 35 F. Cierto es que superar el objetivo de extraer 1m 3 de tierra al día repercutía en primas , como las que declara Gaskin que cobra en marzo y en agosto de 1941, respectivamente, 71 y 30 F. Otro interno, Deseado Mercadal, alude a un sueldo base mayor para los que bajaban a las minas de Kenadsa, de 60 F, ya que el trabajo subterráneo del pico y la pala era mucho más duro, ¡aunque a la sombra!.

Tras la liberación los salarios mejoran algo, pero cuando la Mér-Niger se ve obligada a ofrecer contratos “normales” a los trabajadores las cantidades se multiplican. En enero de 1943 la compañía ofrece a Gaskin un contrato como secretario ( s ic ) de un equipo de colocación de vía por 57 F ¡diarios!, cuando por el mismo trabajo, Gaskin está ganando en ese momento 22,25 F al día. En todo caso, ni siquiera 57 F eran suficientes para comprar un billete de tren en 2ª de Bouârfa a Oujda, que costaba 86 F, según indica Gaskin .

 Referencias

  • Azorín Williams, Pablo y Marta Hierro (2016): Espías en la arena. Objetivo España, Quindrop Produciones Audiovisuales. ( http://vimeo.com/172853578 )
  • Baldó, Ricardo (1977): Exiliados españoles en el Sahara, 1939-1943 (Un punto negro en la historia) , Imprenta La Victoria , Alcoy.
  • Barroso, Victoriano (2014): En Nombre de la Libertad. Páginas de mi Diario de Guerra y Exilio 1936-1945 , Sílex, Madrid.
  • Gassó, Laura (2013): Diario de Gaskin. Un Piloto de la República en los campos de concentración norteafricanos 1939-1943 , L' Eixam Edicions, Valencia.
  • Mercadal, Deseado (1983): Yo estuve en Kenadsa: nueve años de exilio , Ed.Men, Mahón.
  • Morales, Enrique (1919): "La gran red de ferrocarriles africanos", Revista de obras públicas , Tomo I (2282), pp.295-300 ( http://ropdigital.ciccp.es/detalle_articulo.php?registro=14008&anio=1919&numero_revista=2282 ).
  • Ródenas, Carmen (2016), "Esperando la liberación en el norte de África: más de seis meses después del desembarco aliado..." en Carlos Barciela y Carmen Ródenas (eds.), Chemins de fer, chemins de sable: los españoles del Transahariano , Publicaciones de la Universidad de Alicante, pp.81-99.
  • Santiago, Lucio; Gerónimo Lloris y Rafael Barrera (1981): Internamiento y resistencia de los republicanos españoles en África del Norte durante la Segunda Guerra Mundial: de los tajos del Transahariano a los campos de represión y a los presidios, Imprenta El Pot , San Cugat del Vallés.
  • Wikipedia (on-line), Chemin de fer transsaharien ( http://fr.wikipedia.org/wiki/Chemin_de_fer_transsaharien )

 

 

El exilio republicano en el norte de África


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