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2. El final de la Guerra Civil


Procedencia: Fondo Sánchez. Archivo Municipal de Alicante

 

Autor: Juan Martínez Leal

“En el puerto:
Estos que ves ahora deshechos, maltrechos, furiosos, aplanados, sin afeitar, sin lavar, cochinos, sucios, cansados, mordiéndose, hechos un asco, destrozados, son, sin embargo, no lo olvides, hijo, no lo olvides nunca pase lo que pase, son lo mejor de España, los únicos que, de verdad, se han alzado, sin nada, con sus manos, contra el fascismo, contra los militares, contra los poderosos, por la sola justicia; cada uno a su modo, a su manera, como han podido, sin que les importara su comodidad, su familia, su dinero. Estos que ves, españoles rotos, derrotados, hacinados, heridos, soñolientos, medio muertos, esperanzados todavía en escapar, son, no lo olvides, lo mejor del mundo. No es hermoso. Pero es lo mejor del mundo. No lo olvides nunca, hijo, no lo olvides.” 

Max Aub. Campo de los Almendros, 1968.

Marzo de 1939: el hundimiento de la resistencia republicana


El Jefe de Gobierno, doctor Negrín, postulaba la resistencia a ultranza. AGA.

Tras la caída de Cataluña, a principios de febrero de 1939, y el penoso éxodo de medio millón de españoles hacia el sur de Francia, la República tenía la guerra perdida, tal y como fueron informando los altos jefes militares al Gobierno y al presidente de la República. La inquebrantable voluntad de resistencia a ultranza del gobierno de Juan Negrín, apoyado políticamente sólo por el Partido Comunista y algunas personalidades, chocó de lleno con las otras fuerzas políticas del Frente Popular  -y con una población civil exhausta-, que pretendían liquidar la guerra negociando una paz “honrosa” con Franco.

El dilema resistir y capitular o tratar de negociar un paz honrosa con Franco dividió aún más el campo republicano. Consecuentemente con su planteamiento, Negrín regresó desde Francia a Alicante el 10 de febrero para tratar de organizar la resistencia, pero todos los mandos militares con los que se entrevista (fue crucial la que se realizó en la base aérea de Los Llanos en Albacete, el 16 de febrero) le plantean un panorama tétrico: sin armamento adecuado, sin suministros, sin moral en la tropa y la retaguardia extenuada, la guerra está perdida. El almirante Miguel Buiza, amenazó incluso con sacar a la Escuadra de Cartagena y dar por terminada la guerra.

 

Bombardeo de la aviación legionaria italiana sobre Alicante. Archivo Aeronautica Militare Italiana

Para entender la situación de la retaguardia republicana, la llamada zona Centro-Sur durante las semanas finales, nada mejor que acudir al diario del diputado alicantino Eliseo Gómez Serrano, que anota el 22 de febrero:

“Hemos llegado a un punto de penuria, mejor diría de miseria tal, que ya lo más imprescindible falta. No hay nada de nada en ninguna parte. Ni medicamentos en las farmacias, ni comestibles, ni ultramarinos, ni tejidos en las tiendas, ni calzado en las zapaterías (…) Vivimos no sé cómo. Y casi cada día, bombardeos aéreos (…) Todo el mundo está pendiente de los bombardeos”  

Los que se sienten amenazados, tratan desesperadamente de conseguir un pasaporte y un pasaje para abandonar España, como anotará el 12 de marzo y señalaba también el diario socialista Avance, en un dramático editorial, el día 15 de marzo.  (+ información)

El 23 de enero ante la inminente caída de Barcelona el gobierno había declarado el Estado de Guerra en todo el territorio republicano, nombrando al general Miaja, jefe de las fuerzas de tierra, mar y aire con mando delegado del Ministro de Defensa, que era también Negrín.

Vista general de la finca El Poblet, llamada "Posición Yuste", último emplazamiento
del gobierno de la República del Doctor Negrín, en Elda-Petrer.

Como última y desesperada opción, Negrín pensaba en una retirada escalonada, en un repliegue hacia los puertos de Levante espacialmente hacia Cartagena, donde esperaba contar con los barcos de la Flota Republicana para expatriar al grueso de los oficiales y jefes del Ejército más comprometidos ante la represión de Franco. De hecho, caída Cataluña en su poder los frentes no se moverán ya, ni existirán operaciones militares, sólo escaramuzas. Sí lo harán las conspiraciones militares para apartar a Negrín, al que sus adversarios veían como el principal estorbo, acelerándose también los contactos diplomáticos para poner fin de inmediato a la guerra.

Desde el 25 de febrero, Negrín se instala en la finca de El Poblet, conocida como la “Posición Yuste”, en el término de Elda-Petrer, rodeado de sus fieles, entre ellos la cúpula comunista. El desenlace se acelera entre el 27 de febrero y el 6 de marzo de 1939, fechas en las que los sucesos dramáticos se encadenarán para apuntillar a la República. El 27 Francia y Gran Bretaña reconocen como único gobierno de España a Franco, y al día siguiente, Azaña, recluido en la embajada de España en París presentó su dimisión de la presidencia de la República. Se está produciendo, pues, el desarbolamiento de las instituciones republicanas al más alto nivel.

Tratando de controlar la situación a la desesperada, entre el 2 y 3 de marzo, Negrín nombrará a militares fieles, todos comunistas procedentes de las milicias, para ocupar las comandancias militares de Murcia (Eustaquio Cañas), Alicante (Etelvino Vega), Albacete y Cartagena (Francisco Galán), y hará todo una serie de ascensos militares interpretados en aquellas circunstancias como un golpe de estado comunista en el Boletín Oficial del Ministerio de Defensa, lo que desencadenará definitivamente las sublevaciones de Cartagena y Madrid, que obligará a Negrín y a la cúpula comunista a salir de España desde el improvisado aeródromo de Monóvar, a pocos kilómetros  de Elda.

En el interior del territorio republicano, no sin un precio importante de sangre, especialmente en Madrid donde se combatió calle por calle, se impuso el Consejo Nacional de Defensa, al mando del coronel Casado, jefe del ejército del Centro, que desalojará a los comunistas de todos los centros de poder, enviando a la cárcel a muchos de sus dirigentes, y ya con la única misión de rendir las armas a Franco, a ser posible con una paz honrosa. Nada fue aceptado por Franco excepto la rendición incondicional y genéricas promesas propagandísticas del tipo "nada tienen que temer los que no tengan las manos manchadas en sangre", que pronto se revelarán como un cruel sarcasmo.

El desenlace de las confusas y caóticas sublevaciones de Cartagena será amargamente contradictoria para la República, porque si bien la sublevación profranquista será sofocada y la ciudad recuperada al asalto por la Brigada 206 enviada por el Gobierno, el precio que se pagó fue enorme, porque la Flota Republicana, conminada a salir de puerto bajo la amenaza de fuego de las baterías de costa, se alejó de Cartagena, y ya en alta mar los mandos decidieron internar la Flota con sus dotaciones al completo en el puerto tunecino de Bizerta bajo control colonial de Francia, asestando un golpe mortal a las tareas de evacuación y salvamento final. (+ información)

En este nuevo y agónico panorama, la posición de Francia y Gran Bretaña se tornó aún más renuente al compromiso en las tareas humanitarias de evacuación de los republicanos, para no comprometer el nuevo estatus diplomático con el gobierno de Burgos.  

Otros factores habría que añadir para completar el escenario de la derrota final. Uno de ellos es la decisión de Franco de decretar, el 8 de marzo, el bloqueo de los puertos mediterráneos, desde Adra a Sagunto, para evitar el abastecimiento de la población y la salida de refugiados. Por si ello fuera poco, los constantes bombardeos de los puertos del Levante español por la aviación italo-germana al servicio de Franco, hacía muy peligrosa la propia estancia en puerto de los navíos mercantes que se atrevían a burlar el bloqueo.

Ubicación del gobierno republicano en el Medio Vinalopó. 
Desde el aeródromo del Fondó se exilió Negrín y su Gobierno. 
Fuente: José Ramón Valero

En este panorama, el tráfico marítimo con los puertos del Levante español se vio drásticamente disminuido. De los dos puertos de cabecera de los suministros, Marsella y Orán, el de Marsella había quedado prácticamente paralizado al perderse el control terrestre de la frontera de los Pirineos a principios de febrero. Sólo quedaba el suministro directo a los puertos de Levante, rompiendo el bloqueo tanto desde Marsella como desde Orán, hacia donde se dirigían las mercancías que después trasbordaban a las compañías inglesas y francesas que trabajaban para el gobierno republicano español. Así pues, los barcos tenían que sortear el bloqueo naval y el riesgo de ser hundidos por la aviación. La Escuadra franquista, sin embargo, sólo podía actuar dentro de las tres millas de las aguas jurisdiccionales, tratando de no ponerse al alcance de las baterías de costa. La distancia entre los barcos de bloqueo permitía muchas veces eludir el control. Otras veces el mal tiempo ayudaba, así como la cercanía de algún navío de guerra francés o inglés en misiones de control tras los acuerdos de Nyon, a los que pedían auxilio los barcos mercantes para eludir el bloqueo, como efectivamente alguna vez sucedió. 

Por todo ello, cuando el día 26 de marzo se pone en marcha la ofensiva final y se derrumban completamente los frentes republicanos, se produjo una gran desbandada hacia los puertos del Levante mediterráneo. Por todas partes se extendió la idea que en Alicante habría barcos para los que quisieran expatriarse, lo que explica que  miles y miles de fugitivos de la maltrecha zona republicana acudieran a su puerto como última tabla de salvación. 

Desde el día 28 en que cayó Madrid, muchos quintacolumnistas fueron saliendo a la luz en las ciudades valencianas, murcianas o andaluzas, ocupando edificios oficiales, enarbolando banderas y negociando con las autoridades republicanas –o lo que quedaba de ellas- un traspaso del poder sin derramamientos de sangre. El mismo día 28 de marzo, el general Menéndez rendía desde Valencia las fuerzas del Ejército de Levante. El 29 la quinta columna ya ocupaba las calles de Valencia y en la mañana del 30, hizo su entrada en la capital la Columna de Orden Público y Ocupación al mando del coronel Aymat.

La ofensiva final supuso la movilización de varios cuerpos de Ejército para cortar las comunicaciones de Madrid con Levante y el Sur e iniciar una gran penetración por el sur del Tajo hacia el Este, en una gran maniobra de ocupación del territorio, hacia los puertos del Mediterráneo.

Ese mismo día 29, después de tomar Albacete, avanzaban por el eje Almansa-Villena-Elda del valle del Vinalopó, sin ninguna resistencia, las unidades de la División Littorio, pertenecientes CTV (Corpo di Truppe Volontarie), compuesto de cuatro Divisiones al mando del General Gastone Gambara, integradas en el Ejército del Centro al mando del general Saliquet. Se celebró un gran desfile de la victoria en la ciudad el 4 de abril .

A mediodía del jueves 30 entraron ya en la ciudad dos oficiales italianos de la Littorio en misión de reconocimiento y a media tarde, hacia las 6, desfilaron por la ciudad las unidades de la División Littorio, desde la carretera de Madrid, por la avenida de Orihuela y Maisonnave, Paseo de Soto, Alfonso el Sabio, en dirección a la Comandancia Militar y el Ayuntamiento, según lo describía al día siguiente el periódico Arriba España. Pocas horas después, ya anochecido, llegó el jefe de la División, el general Gastone Gambara, que se instaló en la Comandancia Militar. Las fuerzas italianas sustituyeron a las milicias falangistas de la quinta columna en el control de la ciudad y del recinto del puerto. Al día siguiente, viernes 31, la ocupación militar se completó con el desembarco de dos batallones del Cuerpo de Ejército de Galicia, enviados desde Castellón, que inmediatamente reemplazaron a los italianos en el control del puerto.

Aunque Murcia, Cartagena y Almería estaban prácticamente desde el día 29 de marzo bajo el control de la quinta columna, la ocupación militar no se hizo efectiva hasta la entrada de las tropas del Cuerpo de Ejército de Navarra al mando del general Solchaga, en concreto la IV División Navarra al mando del general Alonso Vega. Solo un pequeño trozo de tierra, un estrecho brazo hacia el mar, quedaba en manos de la República. 

La tragedia del Puerto de Alicante: 29-31 de marzo

Precediendo en unas horas al avance de las fuerzas de Franco, entre la noche del 28 y durante el día 29, infinidad de coches, camiones, blindados y todo tipo de transporte, formaron largas caravanas por las carreteras de Madrid y de Valencia hacia Alicante. Durante todo el día miles de refugiados, muchos de ellos uniformados y armados, llenaron las calles de la ciudad, gestionando nerviosamente pasaportes y visados, o tratando de procurarse alimentos de la forma que fuera. Al final, esa masa de fugitivos, cuyo único objetivo era poder embarcar al exilio, se fue concentrando en los muelles de Levante del puerto alicantino, entre la dársena y la playa del Postiguet. En el puerto ya no había ningún barco, pero todos creían o querían creer todavía en la promesa de que llegarían. Comenzó entonces una espera esperanzada y desesperante.

Fuente: Gaceta de Alicante, 31-marzo-1939.

Las esperanzas se vieron alentadas con la llegada a Alicante del diputado comunista Charles Tillon y del periodista André Ulmann, franceses y miembros del Comité de Ayuda, organización filocomunista, llegados a bordo del Lezardrieux para traer mercancías y víveres al puerto de Valencia; pero una vez allí se percataron de la inminencia del fin y decidieron colaborar en la evacuación. Después de entrevistarse con Casado y de ponerse en contacto con las autoridades francesas consulares, decidieron dirigirse a Alicante hacia donde, en teoría, debían acudir los barcos de la Cía. France Navigation, aunque en este punto difieren los testimonios.    

Ante la inminente llegada de las tropas franquistas, Tillon y Ulmann se pusieron en contacto con los dirigentes del Frente Popular que se fueron improvisando en el puerto y con las autoridades consulares en Alicante, especialmente con los cónsules de Francia, Argentina y Cuba. En el puerto se formó inmediatamente una Junta de Evacuación presidida por el coronel Ricardo Burillo Stoller, que era el militar de mayor graduación, con representantes de los distintos grupos del Frente Popular. Una de las tareas más apremiantes de la Junta fue intentar poner un poco de orden en aquel inmenso contingente humano, entre otras cosas, la muy delicada tarea de “organizar” el embarque, seleccionando a aquellos que corrían mayor peligro, en el caso más que probable de que los barcos por llegar fueran manifiestamente insuficientes para salvar a todos.

De esa forma, entre el miércoles 29 y parte del jueves 30, la vida en el puerto discurre entre febriles gestiones para saber de la llegada de barcos y organizar a los miles de refugiados, que apenas vienen con lo puesto, vencidos y exhaustos, casi sin alimentos que hay que repartir; hombres de todas las edades y condición, familias enteras, mujeres y niños, algunos recién nacidos. Se producen encuentros insospechados, abrazos emotivos entre paisanos, camaradas de armas; por afinidades de todo tipo se van formando grupos que se ayudan, reparten viandas y matan el tiempo charlando de trivialidades, o de la derrota apenas asumida, y sobre todo, del incierto y negro destino, del delgado hilo del que penden su vidas. Todo queda momentáneamente en suspenso, porque todos otean incesantemente el mar, tratando de no desmoronarse, de sacar fuerzas una vez más.

Se han mencionado cifras muy diversas de los que estuvieron en el puerto. A buen seguro que fue una masa cambiante, porque hasta la noche del día 30 no se produjo el cordón militar que cerró las entradas y salidas. No es por tanto ninguna exageración decir que, concretamente en esos dos días, en algún momento pudo haber entre 20.000 o 25.000 refugiados. Después, los informes nacionalistas los reducen a 12.000 o 15.000, incluso el propio Ulmann y el Comité de  Ayuda, hablaron reiteradamente, a principios de abril, de unos 4.000 refugiados, cifra demasiado exigua y que debe referirse seguramente a los que se quedaron la última noche en el puerto, cuando ya había salido el grueso de los republicanos. En un primer comunicado del mando ocupante se mencionan 600 mujeres y niños, pero en otro posterior se eleva ya la cifra a 2.000. Fuera de estos datos -que nos parecen los más ajustados-, se han llegado a proporcionar cifras tan exageradas, que no merecen credibilidad. 

Hombres de todas las edades, mujeres y niños, estuvieron tres días a la intemperie en los muelles, apenas algunos cobijados en tiendas, toldos o mantas, acomodados entre las cajas y los sacos de lentejas descargadas, como toda protección ante el frío nocturno o la lluvia que intermitentemente cayó esos días, según tantos y tantos relatos.

He ido al puerto – apunta el día 30, Eliseo Gómez en su diario-.  " Una enorme y abigarrada multitud en la que figuraban miles de soldados del disuelto ejército republicano, daba una impresión lastimosa. Hombres, mujeres y niños aguantan a pie horas y horas la llegada de un hipotético barco que los ponga a salvo de la que imagina sed de venganza del enemigo de ayer”.

Pero pasaban las horas sin que llegaran los ansiados barcos. Las fuerzas fallaban y los ánimos se iban hundiendo al paso de las horas. Hubo quien perdió la razón, como aquel pobre hombre -que muchos recuerdan todavía estremecidos- que encaramado durante horas en lo alto de una farola o de un poste de la luz gritaba frases inconexas, pero de un sino trágico y siniestro: “Los fascistas nos matarán a todos…no quedaremos ninguno para contarlo” .

El puerto de Alicante cercado por las tropas italianas de la División Littorio. Archivo Municipal de Alicante. Autor: Sánchez.

Estos hechos ocurrían la tarde del 30 de marzo, mientras llegaban a Alicante las primeras unidades de la División Littorio desde la otra parte de la ciudad. Muchos dicen que oyeron sus cánticos, la “Giovinezza” y los gritos de “Duce, Duce, Duce”, cuando se acercaban por la Explanada de España hacia el puerto. Inmediatamente formaron un cordón militar para cerrar las entradas y salidas del recinto portuario. Para todos los refugiados, los legionarios italianos eran la imagen presente y real del fascismo que habían combatido durante casi tres años. Entonces sintieron que todas sus esperanzas eran vanas, definitivamente estaban solos, olvidados, traicionados, atrapados en la ratonera del puerto a merced de los ocupantes.

Comenzaban ahora las horas más trágicas ¿Qué hacer? Resistir o entregarse era el único dilema, pero todos sabían que la resistencia era inútil desde cualquier punto de vista, sólo añadir más sangre inútil a tanta ya derramada. Fue esa noche cuando empezaron realmente los primeros suicidios, que continuaron en un contrapunto trágico hasta la misma madrugada del sábado 1 de abril.

Sin embargo, todavía parecía quedar un débil hilo de esperanza debido a los esfuerzos del cuerpo consular en Alicante y de los miembros de la Comisión de Ayuda, para convertir el puerto en una zona neutral, con un estatuto de extraterritorialidad, en espera de la llegada de los barcos, que supuestamente habría sido aceptada por las primeras autoridades franquistas de Alicante y por el propio general Gambara, el jefe de las fuerzas ocupantes. El asunto ha sido muy controvertido pero hay algunas evidencias básicas que lo desmienten, como los mensajes cruzados entre el Mando del CTV ocupante y el Cuartel General de Franco, las declaraciones de Charles Tillon -que se entrevistó con el propio Gambara- y que acabó siendo detenido. Muy elocuentes son también las notas verbales cruzadas por las Embajadas de Francia, Gran Bretaña y el Ministerio Español de Exteriores.

Desfile de la victoria de la División Littorio, día 4 de abril de 1939. Los generales Saliquet y
Gambara presiden el desfile sobre sendas tanquetas. Archivo Municipal de Alicante

La primera de las evidencias es que ni el mando del Ejército del Centro, bajo la jefatura del general Saliquet, ni el Cuartel General del Generalísimo aceptaron nunca la llamada Zona Neutral, ni consintieron el acercamiento de buques en tarea de evacuación. Al contrario, la orden inicial de Saliquet a Gambara fue terrible: “ Redúzcanlos por la fuerza de las armas”. En un comunicado posterior al Cuartel General de Franco, Saliquet reconocía que Gambara había preferido esperar, consiguiendo la rendición y entrega de todas las armas, como efectivamente acabaría sucediendo. Otros comunicados de Gambara defendían la actuación de los soldados italianos: “un disparo de fusil no ha salido del CTV. Esta es la santa verdad” .

La otra certeza es que –pese a una posibles dudas o tolerancia inicial de los mandos italianos- en las horas decisivas, Gambara fue tajante y claro en su entrevista con Tillon y el cónsul francés. Ante la propuesta, según recordó Tillon, Gambara  ofendido le dijo: “Ni una palabra. Salga. Usted osa venir aquí a defender a comunistas, a criminales…Salga”. A renglón seguido, él y el cónsul francés fueron detenidos por incitación a la rebelión.   

Hacia mediodía del viernes 31 de marzo las llamadas a la rendición eran absolutamente conminatorias. Pocos creían ya en la llegada de los barcos, pero de hecho la noche anterior se habían divisado luces de barcos que se acercaban y se alejaban o que atravesaban la bahía. A mediodía del 31 de marzo vieron con toda claridad las siluetas de dos barcos aproximarse por primera vez, pero pronto identifican en la proa de uno de ellos la bandera nacional rojigualda. Cuando enfilan la bocana del puerto ya no caben dudas, eran barcos de guerra pero españoles, el Vulcano y el Marte, minadores de la Escuadra franquista, con dos batallones, el 121 y 122 del Cuerpo de Ejército de Galicia adscritos al Ejército de Levante. Unos dicen que un silencio sobrecogedor, como de estupefacción, se extendió por todo el puerto, otros que se oyeron muchos gritos y llantos de desesperación. Hay quien ya decide quitarse la vida y poner fin a tanto suplicio. Uno de ellos, fue el alcalde de Alcira, que se cortó el cuello de un gran tajo con una navaja de afeitar, dejando espantados a quienes estaban a su alrededor. La conmoción debió ser tremenda porque en pocos segundos llegaría al último rincón del puerto sobrecogiendo el ánimo de todos. Algunos verbalizan que el suicidio podría ser una enfermedad contagiosa.

Ante tan desolador y peligroso panorama, los de la Junta y los dirigentes de los partidos en el puerto hicieron ver lo  imposible e inútil de cualquier resistencia, aunque no faltaron voces numantinas que hablaban de morir luchando. Esa tarde se oyeron ráfagas de ametralladora que barrían el puerto por encima de sus cabezas, seguramente a modo de intimidación o para sembrar el pánico, sin que podamos afirmar que produjeran alguna víctima. Muchos se desprendieron de sus armas, de las insignias, de los papeles más comprometedores y hasta de sus objetos personales de más valor echándolos al mar, antes de que cayeran en manos de las fuerzas ocupantes.

Mientras tanto, los soldados españoles sustituyeron rápidamente a los italianos en el puerto y, cumplido el plazo de forma inexorable, a eso de las 6 de la tarde, comenzaron a salir en largas filas los republicanos del puerto. Cacheados y despojados de muchas de sus pertenencias fueron conducidos en largas filas, flanqueados por soldados armados, hasta un campo de concentración improvisado al aire libre a unos dos kilómetros del puerto, en la carretera de Valencia, en un campo abierto en las laderas de la Serra Grossa. Allí se hacían cargo de ellos otra vez los soldados italianos. Cuando cayó la noche se interrumpieron las tareas de evacuación del puerto, quedando aún en su interior unas dos mil personas, seguramente los más comprometidos, o los que querían sentir unas horas más el orgullo o la dignidad de ser los últimos habitantes del último baluarte “libre” de la maltratada República Española. 

¿Cuántos suicidios hubo? Se han dado los datos más dispares, incluso por el propio mando italiano, que en un primer comunicado del día 1 de abril habla del suicidio de 68 milicianos, pero en el parte del día 4 se mencionan 22 suicidios, después de reconocer que el asunto del puerto había pasado por fases verdaderamente dramáticas. El dirigente comunista Larrañaga dará la elevada cifra de 136 y existen autores que hablan de centenares, pero sin aportar ninguna prueba mínimamente verificable.

A iniciativa de la Comisión Cívica para la Recuperación de la Memoria Histórica de Alicante, se consultó el libro de Registro del Cementerio de los meses de marzo, abril y mayo, en el supuesto de que los cadáveres debieron ser enterrados todos, y el lugar presumible, en el Cementerio Municipal. Resumiendo, 8 casos serían suicidios del puerto de forma incontestable. A ellos se le podría  añadir 9 más, presumibles con bastante certeza, lo que haría un total de 16 suicidios, que se acerca a la cifra proporcionada por Gambara. Siempre caben otras especulaciones, pero estas son las cifras hasta que otras fuentes más rigurosas y fiables las confirmen o desmientan.

Pero volvamos al Puerto. A las 9 de la mañana salían del recinto los últimos combatientes y militantes republicanos, concluyendo uno de los episodios más dramáticos de los tantos vividos en la Guerra. Ahora el Caudillo podía dictar el último parte de guerra: “Cautivo y desarmado el Ejército Rojo…”  La guerra había terminado, sí, pero no había comenzado la paz, al menos para los vencidos.

Portada conmemorativa de "la liberación"

Evaristo Viñuales, uno de los 
suicidados en el Puerto de Alicante.

Presos republicanos en las afueras de Alicante, esperando
el traslado al Campo de Albatera. Archivo Municipal de Alicante

 

Prisioneros republicanos en la Estación de Murcia (Alicante)

El exilio republicano en el norte de África


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